La Chispa de la Vida (Lentejibiris 60/100)

La última vez que a De la Iglesia se le ocurrió salirse de su habitual cine gamberro, bizarro y esperpéntico tomó forma en un jarro de agua fría llamado Los Crímenes de Oxford (The Oxford Murders, Álex de la Iglesia, 2008). La duda de que este estrépito se produjera de nuevo sobrevolaba mi cabeza mientras me acercaba a la taquilla… Pero nada más lejos de la realidad, el ex-presidente de la academia nos brinda un ejercicio de buen cine social, sin concesiones, dejando a cada uno en su sitio y criticando en todos los ámbitos donde el momento actual exige.

En mi opinión, la distancia entre el resto de su filmografía y la película que nos ocupa se debe en gran parte, a que el guión no es suyo. Un guión sencillo, (a cargo del, para mi, desconocido Randy Feldman) que no se anda con florituras y que, en contra de lo que nos tiene acostumbrados Hollywood y sus pasteles, no simpatiza con los protagonistas y les obliga a vivir el drama de una realidad que podría ser la de cualquiera (en su propio ámbito, claro).

Tal vez demasiados conceptos son los criticados a través de la evolución del drama del protagonista y por ese motivo no deja de parecer que muchos de ellos están metidos con calzador, llegando a mencionar claramente alguno de ellos prácticamente sin venir a cuento, lo cual no resta dramatismo ni concienciación en la historia principal, que no es sino el vehículo de dicha crítica.

En el punto de mira del guionista y del director encontramos desde el feroz capitalismo en el que nos vemos inmersos y sus graves consecuencias, así como el valor de la autoestima, la amistad (perdida por el vil metal), del trabajo, incluso de de la vida misma, y hasta el circo mediático (tangible en este caso, llevando la máxima expresión del pan y circo romanos al siglo XXI) que absorbe a la población y a través del cual, los que manejan el cotarro, esperan que olvidemos los zarpazos de la vida y del mundo por ellos construido.

El cambio de estilo o roles no se queda solo en el director, sino que el dúo protagonista rompe con sus anteriores estereotipos. A Hayek, que ya se la ha podido ver en otros papeles dramáticos, aquí sorprende, pues en el subconsciente colectivo (o al menos en el mío) sigue siendo la morena voluptuosa que bailaba en Abierto Hasta el Amanecer (From Dusk Till Down, Robert Rodriguez, 1996), a pesar de que sabemos que puede hacerse cargo de un papel más serio y humano. Eso si, el que rompe con todo lo que ha hecho hasta ahora es José Mota, demostrando que no solo sabe hacer comedia y que a pesar de haber estado años y años haciendo el payaso (en el buen sentido de la palabra) se descubre como un actor que se sabe adaptar a un papel dramático.
Para un texto aparte daría la salida de tono de la Academia (cada vez peor, en su línea…) en la decisión de nominarle para el Goya a mejor actor novel (cuando lleva años actuando en TV, pequeñas intervenciones en cine y doblando animación). Más vergonzoso si cabe, cuando los (habitualmente) verdaderos merecedores de éste galardón, los actores infantiles (la primera actuación de muchos actores y actrices se suele producir en su infancia), fueron relegados de él hace un año, limitando el acceso al mismo a actores y actrices mayores de 16 años… (!!!)

Por otro lado, Fernando Tejero nos ofrece a un tiburón sin escrúpulos, impasible y voraz; por fin distanciándose (esperemos que le dure) de su rol en Aquí no hay Quién Viva (A. Caballero, L. Caballero & J.L. Iborra, 2003-2006), estigma que arrastra ya en varias películas y del que parece no poder desquitarse (cosas de productores (supongo y espero), explotando la idea exitosa hasta el vómito, crítica que también realiza este film).

Ya vergonzoso es el intento de volver a introducir a Carolina Bang si o si. Y encima como el único personaje (fuera de la familia del protagonista) respetuoso con los valores humanos. Vale que sea la pareja del director, pero visto como destrozó las secuencias (que no fueron pocas) en que intervino en Balada Triste de Trompeta (Alex de la Iglesia, 2010) (rodeada de la flor y nata de los (mal llamados) secundarios del cine español) no creo que haya sido buena idea volver a contar con ella y menos en uno de los papeles que más debería transmitir…

Por lo tanto, me arriesgaría a decir que, sin ser una gran película, merece la pena ser vista. A mí por lo menos me ha llegado. No por expresar cosas que ya todos sabemos está de más ni debe callarse. Consigue agarrarse al estómago gran parte del metraje (excelente, por cierto, que ronde los 90 minutos) esperando que la magia del cine, conciliador y ducificador en muchas ocasiones, resuelva positivamente.
Para saber si cumple o no este deseado cometido, no os queda otra que ver la película.

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LO MEJOR
La exitosa adaptación a un medio distinto al habitual, tanto por parte de De la Iglesia como de Mota.

LO PEOR
Carolina Bang y la sensación de falta de continuidad narrativa en algunos tramos.

NOTA
60/100 60



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